El lenguaje podemita o el porqué de la vacuidad

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lenguaje podemita y la vacuidad

Continentes y contenidos. Significados y significantes. Algunos asistimos perplejos a la inclusión en el lenguaje de las masas de términos confusos y completamente carentes del más mínimo contenido. Y si bien es cierto, que el pueblo llano ha comprado un discurso de términos rebuscados y alambicados, que recuerda demasiado a las arengas prebélicas del siglo pasado, un cierto sector de ese pueblo llano no asumimos unos palabros que de repetidos y manoseados, se vuelven absurdos si es que alguna vez los hemos comprendido.

 

“Círculos”:

empezamos con la disección de los “nuevos” vocablos con el que se refiere a la unidad básica de la organización, el Circulo, que es indispensable para entender algo de la estructura. Aunque para analizar esta forma de trabajo podríamos retrotraernos hasta los soviets o al anarquismo, hemos preferido, por dignidad histórica, quedarnos un poco más cerca de nuestros días. El primer Círculo surge en Venezuela en 1909 en la Universidad de Bellas Artes, como respuesta a una represión policial brutal en la misma. Pero el momento emergente de estas células organizativas es bajo el auspicio de Hugo Chavez en el año 2.001. Encarga al entonces vicepresidente Diosdado Cabello la tarea de ponerlos en funcionamiento y de dotarlos de una importante partida presupuestaria para su financiación. Pasan a ser una punta de lanza del movimiento en Venezuela, entendida como el máximo exponente del empoderamiento ciudadano. Organizados, capaces de decidir en la vida política de su entorno y del país, de llevar a cabo proyectos educativos en las zonas más desfavorecidas (es donde más asentamiento tienen) y de formar, en definitiva una red social de apoyo y trabajo.

Y como somos así, la comparativa con los círculos originarios (si, se ha exportado hasta el nombre) es poco más que irrisoria. Es más una operación de marketing, con un componente estético importante pero realmente vacía de todo el contenido de lucha que tuvieron originariamente. El inicio fue bastante bueno; lo fue porque hubo mucha gente a pie de calle comprometida con esa idea de participación ciudadana. Pero, curiosamente o no tanto, se decide desde la organización a apretar el botón de la desactivación. Quedan como meros “comparsas” para pegar carteles y mover banderitas en los mítines. ¿Es más bien algo premeditado? ¿No se puede controlar desde una organización, que se ha descubierto como puramente vertical, la horizontalidad de unos grupos que demandan participación y opinión? ¿No se puede soportar el pensamiento crítico que emana de esos grupos de personas “empoderadas”? ¿O es la falta de experiencia en la gestión de un proyecto de ese calibre lo que les lleva a decidir entre la operatividad de una máquina de guerra electoral, puramente basada en el efecto mediático, y la verdad de un proyecto político? Sea como sea, está claro que no tenía una base lo suficientemente solida para crear una organización y si un califato.

 

“Empoderamiento ciudadano”:

Vamos a analizar el término. En el contexto que se está usando, viene a referirse a una suerte de acción personal y colectiva orientada a tomar parte activa de las decisiones en las instituciones y en la vida política. Asociacionismo, participación, acción ciudadana. Vocablos recogidos por personas deseosas de cambiar la sociedad. La actual. Corrupta y desmotivada. Apática y consumista. Pero, ¿qué es realmente el empoderamiento? El significado ajustado del término implica mucho más que la participación en unos Círculos, sectoriales o de zona. Implica un cambio de conciencia individual para que los excluidos (es un término acuñado en la lucha feminista y abanderado por ella) actúen tomando el poder de sus acciones y de sus capacidades. Es abandonar la posición de marginados, una posición no sólo social y económica, sino también emocional. Y de esa manera, poder tomar parte activa y reivindicativa de la sociedad que los aparta por sus condiciones de género, de raza o de posición social. Esa es la realidad del empoderamiento. Y exige un trabajo profundo a nivel individual y colectivo. El término, cuyo inicio por el colectivo DAWN en los años 80 y desde un enfoque puramente feminista, ha sido adoptado hasta por el sistema capitalista dentro de las dinámicas de empresa. Los libros de autoayuda y el coaching.

Desde luego, en el momento que nos ocupa, tiene mucho más de mantra ayurvédico que de cambio de conciencia. Nos incitan a pensar que cualquiera (amas de casa, abogados o fontaneras) puede y debe participar en la vida política y al más alto nivel. Que sólo depende de la motivación y no de la capacidad individual o colectiva. Pero no se explica, o no se quiere que trascienda, que ese hecho es una perversión total del término. En política, y en política resolutiva (administraciones) no solo sirve la necesidad y la motivación. La formación es indispensable. El empoderamiento pasa por reconocer la capacidad personal de cada individuo, mejorarla y ponerla al servicio de la comunidad. Bien sea en colectivos de barrio o en un Parlamento. Pero se deviene de ello una horizontalidad bien entendida, una colaboración participativa de todos los miembros de la sociedad o del grupo empoderado. Y eso, en sí mismo, es otra manipulación más. Para que se den esas condiciones, el trato entre miembros del colectivo ha de ser igualitario. Y no sirve que los generales de un partido modelen la participación hasta hacerla desaparecer o quedarse en meros comparsas del movimiento. ¿Empoderamiento? ¿o ilusionismo psicológico?.

 

“La centralidad del tablero”:

sigamos profundizando en nuestro análisis. ¿Qué es la centralidad del tablero? Para el común de los mortales, la referencia a la centralidad habla de una línea difusa que se sitúa entre la izquierda y la derecha. Un supuesto lugar ideal en el cual no hace falta definirse ideológicamente en exceso, pudiendo adoptar políticas de uno u otro lado según convenga en el momento político que se ocupa. Pero no es así, realmente. La centralidad del tablero hace alusión al centro de la política. A ser el centro político del país. A que todo rote alrededor de tus propuestas. Actualmente, y tradicionalmente, el centro político en España ha ido virando de la derecha radical a la izquierda moderada. Podemos propone, en un ejercicio de pragmatismo y manipulación política destacables, darle a la gente lo que quiere oír. Leyes anti-desahucios? Tenemos, ¿renta básica universal? También, ¿transparencia y honestidad? Claro que si, ¿empleo digno? Por favor, ni dudarlo. Sus propuestas pasan por izquierdear el discurso político para captar a la masa de votos flotante, los indecisos. Proponiendo políticas del “sentido común”, tan ancladas en el buenismo y la prestidigitación política, que nadie que las oiga pueda dudar de su intención. No es ser de centro, es ser hegemónico de lo que se trata. Y para eso, la perversión del lenguaje es fundamental. Hitler no habría ascendido al poder sino hubiera regalado los oídos alemanes con “lo que éstos querían oír”. La hegemonía de un partido, de un partido conformado alrededor de un líder omnipresente y omnipotente (Palabra de Pablo Iglesias), es peligrosa y más cuando se trata de validarla mediante un discurso carente de un contenido político. Ganó la posición de poder, del centro del poder, aupado por los medios de comunicación y un discurso ambiguo en el que todo cabe.

Pero en estos tiempos de productos de consumo inmediato, donde la política no es más que uno de ellos, se puede perder esa centralidad del tablero tan rápido como se creyó alcanzarla. Ciudadanos planea, afianzado por medios de comunicación y por el Ibex 35. Hegemonía derechona versus hegemonía perroflauta. ¿Adivinan quien se lleva el gato al agua? Para reagrupar a esa bolsa flotante de votos que no se postulan a ninguno de los dos lados, y que todos los partidos se disputan, es necesario un discurso contundente y basado en un ideario político comprometido. Los proyectos carentes de contenido tienden a llenarse rápidamente de contenidos ajenos o más bien nocivos. Un discurso flojo, blando y vacilante, a medias tintas entre el “estamos trabajando en ello” y “estoy encantado de que me haga esa pregunta” no convence más que a los abducidos por el mesías.

circulo podemos

 

”Casta”:

Éste es uno de los términos más utilizados por Podemos, y más extendido a toda la sociedad. Curioso, puesto que, adjudicándose el derecho divino a utilizar este término, se nos olvida que muchos otros antes lo usaron. Y no hablamos, que sería muy largo, del origen etimológico de la palabra casta (proviene del Medievo), sino de los movimientos políticos que surgieron en el siglo XIX y XX en este País. Lerroux, en un discurso en 1916, siendo diputado por Córdoba, manifiesta lo siguiente:

“Se ha llegado por la apatía del país a crear una casta de políticos profesionales, y así, cogiendo la lista de diputados y senadores y poniendo a un lado a los padres, hijos, yernos, parientes o deudos, restaría sólo un grupo tan pequeño, que apenas si se podría constituir una Comisión parlamentaria”

Y no solo el político, tan reaccionario como populista, lo utiliza; el movimiento anarquista lo hace suyo en la primera mitad del s. XX y hasta el fin de la guerra: 1919, en el diario El Pueblo:

“Parecía imposible una nueva imposición de falsos valores, y este pueblo que durmió inconsciente, después de haberse sacrificado para destruir los privilegios de la aristocracia y el clero, se despierta hoy, víctima de otras dos castas no menos odiosas: la casta de los políticos explotadores de la incurría e ignorancia de la masa popular y la casta capitalista. Que exista la casta política es cosa que no se demuestra porque se ve. Se diferencia de la antigua nobleza, en que en esta, los privilegios se transmitían con la sangre, y en la nueva casta política, basta la amistad, el compadrazgo y la adulación. Para que nada falte a la odiosidad del simbolismo, hasta existen dinastías de políticos, que se transmiten el cacicato, el destrizo de la prebenda de padres a hijos”.

También Azaña, antes de ser presidente, utilizaba “casta” para referirse a una elite burguesa y conservadora que controlaba la política de España desde las instituciones (que poco ha cambiado el panorama). El 13 de marzo de 1934, el diario alicantino El Luchador publicó el ideario político de la nueva formación. En el punto dos de sus estatutos políticos decía lo siguiente

“Deseamos gobiernos de republicanos puros que sientan con amor a la república, no que la acaten para mancillarla, sin compromisos con el pasado, libres de cualquiera de los prejuicios que puedan malograr aquel propósito revolucionario. A cuanto quede en nuestra sociedad de espíritu monárquico, a cuantas instituciones o personas necesitan para la imposición de su poderío que se gobierne monárquicamente, hay que obligarlas a que se queden en las afueras del gobierno de la República, respetadas si son respetuosas y castigadas primero y deshechas después como casta política, si atentan contra el régimen”

Sorprende sobremanera que estas citas pueden ser perfectamente extrapolables al discurso de Podemos. De esta manera, la extensión del término casta en estos nuevos tiempos, no es una novedad en el discurso de los diversos líderes carismáticos y populistas del nuestro país. Hay que resaltar, porque es lo justo, que Pablo Iglesias usa casta en un sentido muy limitado. Se olvida de la casta universitaria, sistema lleno de corruptelas y nepotismo. Y únicamente se refiere a ese ente incorpóreo de la casta política y económica del país. A los corruptos y los corruptores. Pero el término casta abarcaría un sistema en el cual Podemos ha entrado de lleno. El político. Y como una parte de la casta más, se beneficia del sistema creado para fidelizar al votante: los mass media. Que también formarían parte de esa elite dominante que realmente es la que dirige el país. Casta, casta, casta.

 

¿Quién es casta ahora?

 

Autor: Grupo Akerra

 

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