El suspenso histórico de un presidente

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Rajoy suspende en historia

 

Le voy a llamar Marianico. Porque hasta cierta ternura produce su ignorancia dirigida. Parece un chico de instituto, sudando ante la pizarra. ¿Se le olvida el contenido? ¿Ha fallado en muchas clases de historia o ha tenido profesores confusos? ¿Le falla la base o los conceptos? De todo un poco, porque proclamar España como nación más antigua de Europa es incierto e impropio de un presidente de Gobierno, cuya obligación es ser coherente y objetivo y que no necesita ir muy lejos para informarse.

Según el catedrático de Oxford Norman Davies, reconocidísima eminencia sobre la historia de Europa, hasta el siglo XIII en nuestro continente sólo se puede hablar de estados y de naciones refiriéndose a algunos pequeños países como Portugal, Dinamarca, Serbia y Bulgaria, los cuales han podido determinar sus territorios de los de los vecinos. En estos países sí se desarrolla entonces una identidad nacional y cultural y aparecen las primeras instituciones estatales. Aquí está la diferencia.

Hablando de nación y estado, términos que también le vienen grandes a Marianico, el país más antiguo de Europa es Bulgaria, fundada en el siglo VII, año 681, cuando, como dice Norman Davies, el resto de los pueblos de Europa estaban en pañales. Ésta es una parte pendiente de los deberes de Mariano Rajoy Brey, todavía Presidente del Gobierno, si no quiere que la historia le suspenda definitivamente.

 

Inaugurar pantanos y carreteras no oculta el ideario arcaico. “Por la Patria”, “dónde el sol no se pone”, con la megalomanía exaltando el orgullo nacional, creando faltas expectativas, se ha escrito una de las páginas más oscuras de la historia europea. Cualquier simulacro o insinuación de que un país sea más importante, más antiguo, más …, está rozando las delgadas líneas del chovinismo, que se vista como se vista siempre divide.

España, sin duda, es una gran nación y ha tenido y tiene actualmente una indiscutible proyección en el resto del mundo, dentro de una familia europea con 28 países más, cada uno con su historia y dignidad. Precisamente por esto, los españoles no necesitan ni se merecen ser exaltados con medias verdades y fábulas soñadas. La megalomanía y el egocentrismo nacional desprecia las naciones más pequeñas sin razón y es abono de la discordia y la alienación. Ahora, cuando los dirigentes europeos hablan de más Europa, Mariano Rajoy tiene que aprender a unir y no a dividir. Y acordarse que el sol brilla igual para todos. Para los países más pequeños y para los más grandes. La prudencia de un presidente también es imprescindible para todos. Si no, se crea odio, resignación y división.

 

Le voy a volver a llamar Marianico. Y quedarme con sus lapsus graciosos, con su ignorancia a ratos y sus simpáticos gestos de niño pillado fuera de lugar. Y reírme, para no llorar. Los grandes pensadores nos han transmitido que el mundo se despide de su pasado riéndose. Todo evoluciona y, aunque algunos siempre se quedan por los rincones de los perdedores, comiéndose las uñas de rabia, la gente normal, será cada día más libre de ver, pensar y votar porque para ser libre no hace falta haber nacido en el país más grande, más antiguo, más poderoso o más afín a sus ideas políticas. Es necesario tener la mente abierta y reconocer lo más indiscutible. Los que ya no aprendan eso, tendrán el destino de los dinosaurios y la condena natural de la dialéctica histórica.

 

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