¿Eres un hipócrita social?

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hipocresia social

 

¿Es la hipocresía una conducta socialmente aceptada?, ¿La sociedad puede avanzar gracias a la hipocresía?, ¿Los hipócritas son mayoría en la sociedad?…

Consideramos la hipocresía como un acto consciente, que utilizan las personas con intenciones perversas. Sin embargo, la mayoría de las y los hipócritas, ni siquiera son conscientes de serlo. Independientemente de cuestiones morales o estrictamente perversas, la hipocresía puede ser una forma disfuncional de disimular el desconocimiento y aceptación de nosotros mismos.

hipocresía.

(Del gr. ὑποκρισία).

  1. f. Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan.

 

El peor síntoma de la HIPOCRESÍA es cuando la/el hipócrita se cree sus propias mentiras.

(M.Lluva)

Uno de los grandes errores vitales que podemos cometer, es creernos nuestras propias mentiras. Si bien es cierto, que emprender el arduo camino de conocerse a sí mismo es tan largo que nunca acaba, no es menos cierto, que inventarse una imagen de uno mismo para no reconocer la realidad es un terrible error existencial.

Dejar escondido en un rincón la esencia de uno mismo, intentando mostrar a alguien que no existe, no engaña a nadie. Sólo a quien se quiere engañar a sí mismo o necesita empatizar con el comportamiento hipócrita para apoyar el suyo propio. La hipocresía de muchos y muchas podría ser simplemente el síntoma de su desconexión consigo mismos y no, un acto consciente y perverso para engañar a otros.

Cada día es más frecuente dejarse arrastrar por las modas y por los clichés sociales, ocultando las particularidades individuales. Hay una imperiosa necesidad de pertenecer a un grupo, de integrarse en una corriente mayoritaria como refuerzo a personalidades débiles y desestructuradas. Se busca el reconocimiento externo, en la triste misión de ser una copia más de un determinado líder, actor, político o famosillo de turno. Comenzando por la imagen y terminando por el comportamiento, los clones estereotipados surgen como hongos tras la lluvia. La misma neo-barba, la misma coleta, las mismas palabras, las mismas frases, los mismos conceptos absurdos, repetidos hasta la saciedad.

Olvidamos que cada ser humano necesita su propio “sistema operativo” su propia escala de valores. Quien cae en la fácil tentación de copiar las creencias de otro, o presumir de unas falsas creencias que sean más fáciles de “vender” a los demás, se abandona a sí mismo y pierde su tiempo. Perder la oportunidad de conocerse a uno mismo con sus virtudes y defectos, es perder la vida. ¿Hay mejor misión en la vida que utilizar nuestras virtudes y corregir nuestros defectos?.

 

La masa

El problema individual podría ser más o menos irrelevante desde el punto de vista social, pues un individuo desestructurado no tiene importancia dentro del grupo social. Pero lo cierto es, que cuando la sociedad se compone de una mayoría de“individuos falsos”, la sociedad no avanza y es más injusta, provocando un mayor nivel de sufrimiento social. Por lo tanto, no es evolutivamente funcional que las falsas personalidades y creencias vayan en aumento.

Sin embargo “el sistema”, ese ente que sólo controlan unos pocos para aprovecharse del trabajo de la mayoría, es el mayor interesado en que cada una de las personas que componen la sociedad sean lo más estúpidas posibles: Los estúpidos son obedientes.

Lo son, porque no les queda más remedio, no saben decidir, están muertos de miedo para enfrentarse a su propia vida. Necesitan que los modelos, los clichés sociales, les den una hoja de ruta detallada de qué y cómo tienen que hacerlo todo. Si no se sigue el dictado del sistema, la masa se ofende, excluye al individuo que piensa por sí mismo, que se conoce a sí mismo. Es más fácil abrazar todos juntos la estupidez común, que trabajar juntos desde la consciencia individual. Perfecto caldo de cultivo para que la hipocresía social, la de la masa, crezca cada día.

Un ejemplo por todos conocido, es la actual sociedad española. Cada día más pobre económicamente, cada día más inculta, cada día más enferma. Ha desaparecido el entusiasmo para salir adelante, para mejorar las condiciones de todos, para luchar por el “estado del bienestar”. Hemos pasado rápidamente a una fraticida competición para ver quien es menos pobre que el vecino. Se fomenta desde la educación, desde el deporte, desde los medios y la política, conseguir un atajo, una ventaja para vivir mejor que el de al lado y si es posible a su costa. La hipocresía, el engaño se han institucionalizado.

¿Cómo puede seguir siendo el partido político que ha protagonizado la ruina del país, el preferido por la mayoría?. La respuesta sólo puede explicarse desde el hecho de que cada día los ciudadanos, saben menos quienes son y que pretenden de su futuro. Los individuos desestructurados se aferran a su zona cómoda, se aferran a aquello que conocen, por malo que sea. Están inmersos en el miedo existencial y prefieren aquello de “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Se funden en la masa estúpida. Se convierten en “idiotas útiles” de una corriente, partido o ideología, que en realidad les está siendo perjudicial.

Es fácil estafar a individuos que no son capaces de analizar la situación y reconocer que esa ideología, que ese partido les está perjudicando. Carecen de la información y la formación para hacer el análisis. Se han convertido en meros “idiotas útiles”.

Es por ello que debemos analizar nuestras creencias personales, para llegar a conocernos a nosotros mismos. Estar orgullosos de nuestras virtudes y trabajar duro en corregir nuestros propios defectos. Abandonar los clichés sociales de comportamiento y luchar contra la comodidad de ser aquello que los demás quieren que seamos para conseguir integración en el grupo social.

 

Estúpida arrogancia

Para seguir analizando la hipocresía social, deberemos volver al plano individual. Otra opción para salvar el tipo sin conocerse a uno mismo, es huir hacia delante, sacralizar nuestros defectos. Alardear de los defectos como síntoma de integridad, de falsa “autenticidad” es una falacia absurda en las que muchos suelen caer.

En los medios, en Internet, es fácil encontrar ejemplos de individuos que alardean de frases como:

  • “Dicen que soy complicada… sólo porque quieren las cosas fáciles”
  • “Soy pequeña porque la mala hostia no me dejó crecer”
  • “Sólo soy una chica simple, con una mente complicada”
  • “No estoy triste. Soy complicado. A las chicas les gusta, pronto lo entenderás”
  • “Yo estoy muy satisfecho con el tipo de gente a la que le caigo mal”
  • “Quiero que me ames aunque sea complicada. Porque eso me hace una mujer inolvidable””
  • “Tal vez soy loca, rara, complicada, bipolar, demasiado terca, demasiado caprichosa, contesto feo, soy grosera, peleo mucho; pero en realidad cuando quiero a alguien es con todo mi corazón”
  • “Yo no sería tan celosa, si no existieran tantas zorras”
  • “En el amor y la guerra todo vale”
  • “Detrás de toda mujer calculadora y fría, hay un idiota que la hizo sufrir”

La lista de barbaridades similares es interminable. Nos indican claramente hasta que punto una personalidad disfuncional puede llegar a cronificarse. Realimentarse presumiendo, alardeando, de los defectos propios, lleva sin duda, a cronificarlos, para desgracia de uno mismo y del entorno. Es muy fácil ser irresponsable y aferrarse a la cómoda creencia de que nuestros defectos sólo nos afectan individualmente. Una personalidad inmadura, que se desconoce así misma, siempre tiene una influencia negativa en su entorno. Somos animales sociales que están en una continua interacción con el resto de los individuos. Si una pieza falla, afecta al conjunto, al relacionarse con otras personas, las perjudica.

Un sociedad compuesta por una mayoría de individuos disfuncionales, que se amparan en falacias y contradicciones, difícilmente puede llegar a tener la cohesión y la solidaridad suficiente como para evolucionar hacia una sociedad más justa y equitativa.

Si todo lo que pretendo es machacar bajo el tacón de mi bota a aquella persona a la que digo “amar”, es imposible que pueda contribuir a construir una sociedad más solidaria y equitativa.

Enmascarar de forma tan burda los propios errores, contribuye a una dinámica de disculpas de cualquier falacia, cualquier barbaridad que el sistema intente colarnos descaradamente.

Es imposible construir una sociedad evolucionada, en la que los elementos de ésta, los individuos, fomentan la hipocresía para no responsabilizarse de sus propios actos.

 

Receta: Responsabilidad

No existe una receta mágica para conocerse a sí mismo. Sólo la consciencia y la responsabilidad pueden guiarnos a mejorar, a profundizar sobre quien somos en realidad, en como nos comportamos y como afecta a los demás nuestro comportamiento. Siendo responsables y analizando si nuestro comportamiento daña a los otros, podemos cambiarlo. Debemos observar nuestras acciones individuales y analizar que reaciones negativas provocan en aquellas personas con las que nos relacionamos.

Presumir de “mala hostia” o mejor expresado de ser una persona rabiosa, no indica ninguna virtud, todo lo contrario. Indica que el individuo no ha sabido superar su pasado infeliz y acumula rabia. La rabia es una forma disfuncional de canalizar emociones negativas que proceden del pasado y explotan en el presente a la menor contrariedad. Y si no se solucionan, seguirán aflorando en el futuro.

Presumir de nuestros defectos no es ninguna virtud por mucho que intentemos pintarlos de “auténticos”. Tan sólo muestran una baja capacidad de resilencia y poca responsabilidad.

 

La pata de la cama

Un ejemplo en forma metafórica, podría ser el de la “puñetera pata de la cama”.

Es frecuente golpearse con la pata de la cama y además, es muy doloroso. A quién no le ha pasado que en un despiste matutino, la pata de la cama se encuentre con uno de nuestros pies de forma accidental.

La primera reacción una vez repuestos de la sacudida de dolor, es echarle la culpa a la pata de la cama: “esa estúpida pata que nos agredió a primera hora de la mañana”. Si esa misma mañana o la siguiente nos volvemos a golpear, volveremos a echarle la culpa a la puñetera pata de la cama. Y si el accidente se sucede cualquier otra mañana llegaremos a odiar la pata de la cama y a quien inventó todas las patas de las camas de todo el mundo.

En realidad, deberíamos verlo desde un punto de vista más objetivo: La pata de la cama estaba en su sitio, haciendo su función perfectamente y sin molestarnos en absoluto. Nosotros fuimos quienes agredimos a la cama dándole una patada, aunque nos hiciéramos mas daño que ella. Es absurdo echarle la culpa de nuestro dolor a la puñetera pata de la cama, pues la pata no se mueve, no actúa, si no que es la víctima de nuestra agresión. Por tanto, lo correcto sería decir: “He agredido a la pata de la cama y me he hecho daño al hacerlo. Debería disculparme con ella y tener más cuidado de no volverlo a hacer. Así ni la dañaré a ella ni me haré daño yo”.

 

Conclusión

Si de la misma forma fuéramos conscientes de nuestro propio yo, responsables de nuestros defectos y virtudes, nos resultaría más fácil ser responsables y reconocer que al igual que la pata de la cama, la sociedad, o el partido político que pisotea nuestro futuro, es únicamente responsabilidad de cada uno de nosotros. De nada sirve echarle la culpa a quién hemos elegido para que se ocupe de nuestros asuntos o a quién hayamos agredido por estar en medio de nuestro camino. De nada sirve evadir responsabilidades, pues no nos servirá para que nuestra vida personal o social cambie a mejor.

Aprender asertividad debería ser la primera lección vital que nos enseñaran en la escuela y en casa. Aprender responsabilidad, la segunda. Mientras que esto no suceda, tenemos que ser cada uno de nosotros, a cualquier edad, quienes aprendamos estas imprescindibles lecciones si queremos que nuestro futuro colectivo e individual cambie a mejor.

 

Tenemos que madurar individualmente para hacerlo socialmente. De nada sirve quejarnos si no aportamos nuestro granito de arena individual: Ser responsables conociéndonos a nosotros mismos.

 

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