Feminismo bruto y política

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feminismo bruto y politica

La hora de lo femenino. La necesidad de aparcar roles. La construcción de lo común.

Quizás no sea el momento correcto, pero realmente nunca parece serlo. O quizás sea precisamente este, ese momento correcto. Desde que se proclamó la tan cacareada “liberación de la mujer”, muchos escenarios han cambiado. Pero no vemos más allá de nuestras narices si solo miramos que la mujer está integrada en la sociedad como un miembro de pleno derecho por el simple hecho de poder votar y acceder a un puesto de trabajo. Es ridículo establecer un paralelismo con la denominación “igualdad de oportunidades” y el acceso al mundo laboral. Una mujer, una mujer como cualquiera de nosotras, no se libera por tener trabajo. Simplemente añade mas cargas a las ya contraídas, por norma general. Seguimos ocupándonos de nuestras casas, nuestros hijos, nuestras parejas, nuestras familias, nuestros dependientes, y además, de nuestros trabajos. Es un panorama sacado de cualquier novela de Dickens. Agudizado en grado superlativo por la crisis. Miles de mujeres mantienen ese rol, trabajando por sueldos de miseria, mientras que sus parejas intentan encontrar un empleo. Son el único sustento del hogar porque son las que aceptan condiciones salariales y laborales que se acercan a la esclavitud moderna. Las que tiene más suerte o más formación, acceden a puestos de responsabilidad, trabajando el doble y cobrando menos que cualquiera de sus compañeros. Y teniendo que renunciar a la crianza de sus hijos. Todo esto ¿para qué? No es la liberación de la mujer, es la manera que tiene el capitalismo más abyecto de poner al servicio de su maquinaria cualquier capital humano disponible. Generando la ilusión de que inmolarse en esa pira de desgracia es contribuir a los derechos de la mujer.

Esta perversión de los conceptos se da en todos los ámbitos de la sociedad. Que la política no es terreno de mujeres, estaba claro en el pasado siglo. Que sigue sin serlo hoy en día, también. No lo es porque la manera de participar en la vida política exige a la mujer una masculinización de sus formas y de su actividad; adoptar un modelo de actuar, como caja de resonancia de los machos alfas. No se puede pretender que sea la mujer la que elija participar en la vida política activa si se la obliga a asumir unos roles que no le pertenecen. Cual síndrome de Estocolmo, adopta los modos del opresor, para que este, contento, la deje tomar parte.

 

¿Qué ejemplos tenemos en la alta política? Las mujeres de los mandatarios, principesas consorte que ostentan el poder detrás del poder, con fundaciones y asilos para niños maltratados. O bien mujeres poderosas por sí mismas, como Condoleezza Rice, Hillary Clinton, Ángela Merkel, Esperanza Aguirre o Dolores de Cospedal y Soraya Sainz de Santamaría, ya en suelo patrio. Extraer de esos personajes una lección de vida para tantas mujeres es condenarnos al “hombrismo”. No necesitamos ostentar el poder de esa manera. Y la mayoría ni siquiera lo queremos. Confiamos más en lo colectivo, en la construcción de espacios colaborativos para que la comunidad crezca. Debemos estar arriba, pero no de la misma manera que tantos políticos y magnates que nos han conducido al abismo al cual nos asomamos.

Es ridículo pretender a estas alturas de la película, que el final sea el mismo que hace cincuenta años pero vestidas de otra manera. Recordaremos las imágenes de las sufragistas, de las mujeres quemando sujetadores, de tantas reivindicaciones hasta llegar a las Femen en la actualidad. Pero recordemos a tantas mujeres silenciosas que en el día a día han ido levantando la bandera de lo femenino en la cotidianeidad.

 

El empoderamiento, ese término aplicado a todo aquello que conviene, nos viene de la mano de hombres que pretenden enseñar a las mujeres que concepto debemos tener de nosotras mismas. Y yo me pregunto ¿alguien ha cuestionado, en algún momento, el concepto que un hombre debe de tener de sí mismo? Probablemente no. Desde luego, a esos hombres, políticos, que esgrimen el látigo de la igualdad, seguro que no.

Igualdad de derechos y de oportunidades no es dejar que estemos presentes. No nos dejan: lo estamos por pleno derecho. No necesitamos listas paritarias. Necesitamos que se nos facilite mediante políticas activas “reales” dentro de los propios partidos, la conciliación de la vida política y la vida personal. Desde ese prisma, las listas las conformarán los más capacitados, sin más. No necesitamos que nos “ayuden”, el conjunto de la sociedad masculina debe asumir su responsabilidad. Ayudar es dar migajas de tiempo, limosnas caritativas para sentir que no eres un macho insensible como los de antes. El hombre concienciado entiende que tiene la misma responsabilidad y los mismos derechos que la mujer en la crianza de los hijos y en el hogar. Y que esta tiene los mismos derechos y responsabilidades en el mundo laboral, o más bien político, que es al que nos referimos.

Las mujeres que han tomado preponderancia política en los últimos tiempos provienen de una elite económica, de la oligarquía. Reproducen, en complejos de Edipo mal resueltos, los modelos de sus papas, e imitan sus formas de trabajar. Perfectas, con trajecitos corte Chanel sin una arruguita, pariendo hijos que otros atienden mientras se reincorporan a sus trabajos al quinto día… ¿desde cuándo esto reivindica el papel de la mujer en la sociedad? Quizás sea una necia, pero yo solo puedo ver que se desprecia la figura de la mujer como madre: nena, si yo puedo, tu también. Es más importante no moverse del sitio, que si te mueves, ya no sales en la foto.

Nos amarran con correas invisibles, presas de un consumismo feroz. Nos venden cuerpos de silicona, depilaciones perfectas y sonrisas de rayo laser. Peluquería, manicura y culo prieto. Porque tú lo vales. Y trabaja. Siempre joven, con la autoestima impoluta y un psicólogo de cabecera por si decaemos. Prozac en la mesilla y 50 sombras de Grey en el cajón. Que si nuestro matrimonio decae, nena, no es por las diez horas que trabajas, más las que dedicas a la casa y los niños. Necesitas nuevas experiencias de sumisión y geles lubricantes.

Basta. Basta, basta y basta. Leemos las necesidades de la sociedad, lo que demandan los ciudadanos y las ciudadanas. No quieren seguir en la senda del empobrecimiento económico y moral. No necesitan más centros comerciales de plástico remozado. Cae Matrix. Y detrás de la red solo se atisba un grupo de hombres vestidos de negro que observan como bailamos al son de una bachata infernal.

 

Se reclama unión, luchar espalda con espalda, sujetando la mano del compañero si este cae. Ese es el clamor de la calle. Políticos valientes que sigan la senda que les marca el pueblo. Y en ese frente, la mujer no es necesaria: es imprescindible.

 

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