Futbol y domingo matrimonio inseparable

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futbol y domingo

 

Es domingo y la mayor parte de la ciudadanía española se prepara para su sobredosis dominical de pérdida de tiempo pelotística. Con inenarrable emoción, hasta el paroxismo fanático, las huestes descerebradas se preparan para pasar la tarde despanzurrados delante de la caja tonta. Absortos en una panda de chavales que patalean una pelota de aquí para allá, con la encomiable intención, de que entre en un rectángulo metálico de 7,32 por 2,44 metros. Por cierto, que estas absurdas medidas son las que son, porque a alguien se le ocurrieron y no se le ocurrieron otras.

Y así pasarán la tarde, mientras pasan de su familia y de su vida. Al borde del ataque de nervios y del síncope cardiaco, profiriendo gritos y aullidos semejantes a los del mono aullador, primate platirrino de las selvas tropicales. Sin perdonar un segundo de atención, energía e interés, por las proezas titánicas del chavalín forrado de millones, que corriendo de un lado al otro, hasta que se cansa, intenta ser encumbrado como el héroe del momento, si consigue que el pedazo de cuero inflado, traspase la línea de meta, metálica y de caprichosas medidas, que a todos se les antoja como el paraíso prometido, el Jardín del Edén, el Valhalla y El Dorado todos juntos.

 

Mañana lunes, no hablarán de otra cosa con el resto de primates “Homos Laboratis”, cuando se encuentren en el lugar de trabajo con menos ganas de las necesarias y puedan rememorar sus desilusiones e intensas emociones, que les despertó la actividad más absurda, irrelevante y lucrativa, inventada por el ser humano moderno.

No perderán el tiempo hablando de como les están robando el dinero y el futuro unos politicastros que llevan años esquilmando el país, ni si el sentido de la vida es algo más que perder su tiempo en una anodina vida llena de momentos infelices, ni si han conseguido disfrutar del amor en sus vidas. No. ¿Para qué preocuparse por irrelevancias así, cuando el domingo “Prenssi” y “Tronaldo” estuvieron a punto de marcar un gol por enésima vez.

¿Para qué ocuparse del futuro cuando hay un pasado reciente, el de ayer por la tarde frente al televisor, para ocupar todos los pensamientos y conversaciones durante el resto de la semana?.

Es tanta la pasión, que significa acción de padecer; estado pasivo; perturbación o afecto desordenado del ánimo; sermón sobre los tormentos y muerte de Jesucristo; tristeza, depresión, abatimiento, desconsuelo… no lo contrario, como los incultos periodistas deportivos y modernos, se empeñan en describir con la palabra pasión.

Como decía, es tanta la vehemencia irracional, que sienten estos sujetos por aquellos que aporrean pelotitas con sus botas, que el absurdo circo de descerebrados futbolienses se extiende a diario. Ocupando buena parte de los noticiarios televisivos, periódicos y emisoras de radio. El domingo se les queda corto.

 

 

¿Qué modelos a seguir están recibiendo nuestros hijos con el fútbol?

Por eso, cada día a la hora de comer, unos mocitos con barbitas y voz de vendedores de chochonas de feria, les taladran el cerebro a nuestros hijos, con frases mal construidas, mal expresadas, plagadas de manipulaciones y drámatico relato épico, sobre una de las actividades más estúpidas que ha desarrolado el ser humano: El fútbol.

Con un relato épico y unas músicas de banda sonora hollywoodiense, se dedican a magnificar los más absurdos actos cotidianos, como darle patadas a una pelota, rascarse la cabeza, el culo, el coche de lujo o la chorrada dicha por unos ídolos cuasi míticos, con poco más de veinte años edad, mínima preparación y escasa capacidad intelectual. Millonarios, defraudadores de Hacienda, tramposos, violentos, chulescos, vanidosos, arrogantes… unos dechados de virtudes. Individuos que en ningún momento trasmiten ningún valor positivo, salvo el que pueda tener, si es que lo tiene, el hacer deporte.

Los épicos narradores, con el martilleante e insoportable soniquete de los estafadores de feria, mezclan el gol espectacular de turno, con la política, los enfrentamientos regionales, los juicios de valores unilaterales, la venta de cuchillas de afeitar, la arrogancia y lo más preocupante: La extremada magnificación de algo tan nimio como que un grupo de chavalitos le den patadas a una pelota. Millonarios, sí, a costa de la estupidez de millones de descerebrados que sustentan y toleran semejante estupidez, con su fanatismo y exacervada admiración a lo que en realidad: ¡No vale nada, ni para nada!.

Concediendo ese extremado valor a algo tan nimio, consiguen desvalorizar lo importante, convirtiendo la vida y sus problemas en algo insignificante por mero contraste. La manipulación del sistema elevada a la máxima potencia: Circo para las masas.

Es escalofriante, ver las imágenes de niños esperando durante horas tras una valla, para reclamar la atención, gritando histéricamente el nombre de algún jugador. En realidad, no saben para que lo hacen, tan sólo imitan un ritual simiesco orientado a conseguir los favores del simio dominante.

Otras especies despiojan al simio menos inteligente, menos considerado, pero más violento, al “macho alfa“. Los niños humanos hijos de primates futbolísticos humanos, gritan hasta la extenuación el nombre del “macho pelotodus” de turno.

Y esos simios a seguir de pocos años y menos cerebro, obtienen su dominio, su poder, gracias a los millones de euros con los que son recompensados por dar patadas a una pelota. El dios dinero es el quien rige una sociedad empeñada en educar desde valores equivocados. Valores que valer, en realidad, no valen nada.

Si nuestros antecesores cavernícolas levantaran la cabeza, comprobarían alucinados hasta que punto ha llegado a degenar la especie humana. Hasta que punto el Homo Sapiens, ha degenerado en el “Homo Gilipollensus“, para el que el máximo estímulo vital sea girar en torno a un grupo de niñatos arrogantes y mal criados, que dan patadas a una pelota. Orgullosos de tan tristes creencias vitales, presionana a sus hijos para que su máxima meta, su ilusión en la vida, sea llegar a formar parte de una cuadrilla de pataleadores de cuero. De desbocados simios corriendo arriba y abajo. De trastornados emocionales, que descontrolan con cada intento de hacer llegar el pedazo de cuero al arco de metal como si la vida les fuera en ello. Acompañados por zombies pinturrajeados con pinturas de guerra, uniformes de colores, que agitan sus estandártes, mientras son jaleados por voceros desaforados tras los micrófonos y sus bélicas palabras. No es la guerra, es el colmo de la estupidez moderna, es el fútbol de las masas automatizadas, robotizadas para servir como esclavos con cadena perpetua, destinados a pagar los tributos que engordan las fortunas de otros.

Simultáneamente y tras el telón, unos pocos se aprovechan del montaje, para enriquecerse más todavía, defraudando todo lo que pueden en paraísos fiscales, trapicheando obras y contratos millonarios con los corruptos politicastros situados en la administración. Para robar el dinero de todos, a nuestras espaldas. Les resulta muy fácil: Nadie se da cuenta. Están absortos mirando una pelota ir de aquí para allá. Hipnotizados por chavales que disfrutan de un súper deportivo, antes de saber cuanto trabajo cuesta ganarse el pan, como les cuesta a la mayoría de los aulladores que les vitorean.

 

 

Estamos en el siglo XXI. El siglo que otros imaginaron en sus escritos de ciencia ficción como el momento de máximo desarrollo de la especie humana. Una imaginada sociedad que conquistaría el espacio, la salud y el desarrollo tecnológico. Una humanidad unida, organizada y viviendo lejos de las conductas animales y degeneradas, gracias a la igualdad, la solidaridad, la fraternidad y la libertad.

Un mundo feliz, que no parece tener ninguna oportunidad de llegar, si seguimos educando a nuestros hijos, el futuro encarnado en las nuevas generaciones, en algo tan salvaje, brutal y que tan poco tiene que ver con los valores humanos, como es el fútbol. Esa actividad que consiste en correr tras un trozo de cuero, mientras otros millones de simios aúllan sentados o se dan de leches los unos a los otros por llevar una camiseta de diferente color.

 

Este es el maravilloso ejemplo que da el fútbol a las nuevas generaciones.

 
 

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