Los ocho pecados capitales

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ocho pecados capitales

 

El empoderamiento ciudadano y los ocho pecados capitales: soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza… y el poder.

 

¿El empoderamiento sin control conducirá a una debacle apocalíptica del sistema político español?

¿Es cierto que cualquiera puede ocupar un cargo público y desempeñarlo de una manera digna?

 

Después de las elecciones municipales y autonómicas de este pasado 25 de mayo asistimos a un fenómeno reciente en la democracia española: la toma del poder por sectores de la población que hasta ahora no habían podido acceder a las instituciones. En ese sentido, y con lo que tiene de democrático el que personas sin un pasado ligado a las oligarquías se coloquen en posición de tomar decisiones que nos afecten a todos, es una gran noticia. El poder del pueblo, para y por el pueblo. Diputados, alcaldes, concejales…todos extraídos de la sociedad civil. Son ciudadanos “normales” que buscan hacer políticas “para la gente”. La izquierda lleva decenios intentando que ese sea el destino de los entes públicos: ser gobernados por los nuestros. Y hasta aquí, todo estupendo. Ni ponemos ni quitamos una coma al planteamiento del empoderamiento. Esperemos que llegue un momento en el cual este país esté gobernado por uno de esos hombres y mujeres, con autentica vocación de servicio público y ganas de ser un ejemplo para el resto.

Pero la realidad que se nos plantea y la que nosotras queremos destacar es otra. Sin menoscabar la valía de la mayor parte de esos cargos electos, ha resultado no ser oro todo lo que reluce. Los partidos creados para las elecciones municipales y el gran partido emergente que promociona este tipo de selección de personal, han permitido que se cuelen en sus listas gente no del todo adecuada. Las listas de primarias abiertas son un desastre. Las promociones personales, el voto fraudulento, el amiguismo y la prisa en un año de elecciones locas, ha colocado en puestos de poder a algunas personas que no estaban preparadas para ello. El comienzo de algunas de esas legislaturas nos está dejando imágenes de diputados autonómicos que no saben por dónde pisan, ni sabrán. De alcaldes con posturas cuando menos erráticas. Y de concejales que negocian sueldos al margen de la disciplina interna de sus propios partidos. Personas, las menos eso sí, sin formación política ni formación académica suficiente para realizar las arduas tareas que se les encomiendan. Porque ser un cargo público es un ejercicio supremo de responsabilidad. Hacia la gente que confía en esa persona en concreto, en ese proyecto en concreto. Y en un forma particular y diferente de entender la política.

Se ha partido de la base del empoderamiento, de hacer creer a la sociedad que cualquiera puede y debe. Pero no es así. En una obra, para levantar una edificación solida, son necesarios arquitectos, ingenieros, capataces y albañiles; también son imprescindibles los fontaneros y los electricistas, pintores, metalistas…Y un largo etcétera de profesionales. Pero un fontanero no es un arquitecto. Este último debe de contar con todos esos actores, con su experiencia y capacidad profesional, para levantar el mejor edificio. Y todos y cada uno de ellos son imprescindibles. Pero un electricista no puede diseñar un rascacielos de cien pisos. En la gran obra de la participación ciudadana pasa lo mismo. Una estructura necesita personas preparadas en diferentes tareas para que no se caiga el proyecto. Y son los arquitectos los que deben de estar diseñando esa estructura. ¿Seremos capaces de llevar a delante la obra? Para que el tan manoseado empoderamiento ciudadano lleve a nuestras instituciones a los verdaderamente capaces, hay que crear una conciencia de participación, y sobre todo de formación política desde el inicio. Votar telemáticamente, acudir a varias reuniones del partido y gritar mucho en las asambleas no es suficiente. Debemos, primeramente, tomar conciencia de nuestras propias limitaciones con el fin de superarlas. Y ser capaces de admitir, de una manera generosa, la capacidad superior de un compañero para auparlo hasta lo más alto. La meritocracia bien entendida se nutre del trabajo, la formación, la dedicación a unos ideales. Que el más capaz y preparado llegue, engrandece el proyecto colectivo. Que lo hagan los mediocres, es más de lo mismo que teníamos hasta ahora. Distinto perro, mismo collar.

 

Los pecados capitales

Soberbia – Orgullo

El primero de los pecados capitales es la soberbia. Pretendemos, en esa dinámica de “cualquiera vale”, ser mejor que otro por el simple hecho de correr más o dar más codazos. Capitanes mediocres, en expresión de un compañero de batallas, que pisan la cabeza de los validos para auparse al trono de los elegidos. Cercenan las opiniones críticas para así no escuchar más que los cantos de sirena de palmeros. Soberbia que los conduce a la necesidad de usar métodos arteros para conseguir entrar en puestos de cabeza en esas listas a primarias abiertas. Porque por si solos, no podrían. La soberbia del que se sabe menos valido que los que le rodean.

Avaricia

Seguimos con la avaricia. Entendida como la acumulación de lo pequeño. Ya no se puede buscar el enriquecimiento personal con la política, puesto que en los tiempos que corren está mal visto. Limitamos los sueldos de los mandatarios, para que estéticamente puedan presumir de altura moral. Ya. Lo que no contamos es que también hay asesores, sin limitación. Que vamos en furgonetas a hacer campaña pero pagamos miles de flayers. Que aprovechamos subvenciones públicas para sufragar gastos. Y que tenemos algunos representantes públicos que siguen ganando demasiado y otros que solo buscan un puesto de trabajo asegurado. La vida está muy mal.

Envidia

La envidia, mal endémico de este país nuestro. Corroe hasta los cimientos las nuevas formas de hacer política. Como lo hizo siempre. Valiosas aportaciones se silencian porque si llegan a aportar todo lo que prometen, es posible que me quiten el lugar que tanta sangre me ha costado conseguir. Te destruyo antes de asomar la patita, amigo.

Ira – Cólera

Ira que lleva, con la envidia y la soberbia de la mano, a aplastar iniciativas ciudadanas constructivas. Se desmontan los espacios de participación. Se acogota a los valientes y se manipula a los neutros de corazón. O conmigo o contra mí. Puesto que esto es una guerra, la furia de mis ejércitos arrasara la disidencia para hacer un movimiento fuerte, agrupado alrededor de los capitanes mediocres. Y vamos concatenando pecados.

Lujuria

Un lujuria de poder, de ansia por aparecer en la foto. Orgásmico deseo de figurar no por méritos propios si no por narices. La premura de tantos procesos internos ha impedido valorar la valía de algunos de esos representantes de lo público. Y no ha permitido observar ese lujurioso brillo que se detecta en la mirada del pecador. Engrandezco mi curriculum, acumulando causas sociales en las que solo he aparecido para salir en el encuadre. Surgen carreras nuevas, títulos de cartón piedra, experiencias indemostrables en trabajos inventados. Y la inocencia de tantos al servicio de algunos.

Gula

La gula, gula de cargos orgánicos. Del “me lo como todo porque yo lo valgo”. Del “me presento a todo porque yo lo puedo”. Algunos o algunas ostentan varios puestos dentro de los partidos: secretarios generales, consejeros de mil vainas, liberados de pro…engordando de nuevo el ego y la soberbia, y concentrando el poder de proyectos colectivos en manos de unos pocos.

Pereza

Y la pereza. Bendita pereza. Que alguno se pensó que con llegar al cargo era suficiente. Y se olvido de que hay que trabajar. La ciudadanía confió en ellos precisamente porque no eran lo mismo. Y para no serlo hay que hincar el codo. Demostrar que se está para luchar por lo que tanto tiempo estuvo dejado de la mano de los políticos: la gente. Cuidado. El pueblo no olvida y es difícil que momentos como estos se repitan de nuevo en la democracia. No se les debe defraudar. Para que los proyectos de iniciativas ciudadanas crezcan, con los escasos medios de los que se dispone, no queda más que el duro trabajo codo con codo con cada persona que esté dispuesta a colaborar.

Poder

Y por último, el peor de todos. El pecado que une bajo su nombre a todos los demás. Por el que se venden almas y se olvidan los principios. El que se come conciencias éticas cada día. Un solo pecado para gobernarlos a todos. El poder. Los otros siete se concentran en él para destruir a los blandos de espíritu. Las tentaciones son grandes. Y las recompensas para el que no cae en sus brazos, escasas.

 

¿Y dónde está realmente el problema? En el propio concepto del empoderamiento y la participación en las instituciones. Partiendo de la base de que las personas o colectivos interesados en este proceso se extraen de movimientos al margen del propio sistema, hacer creer que la inclusión de algunos de estos agentes disturbadores en el mismo es posible, lo único que conlleva es la perpetuación del modelo organizativo del Estado en sí mismo. Es decir: si yo te dejo que alcances una pequeñita cuota de poder y permito que accedas al gobierno en pequeñas dosis, tú y todo tu movimiento sois integrados en mi maquinaria. La movilización ciudadana decae porque ya no es necesaria; los míos están trabajando “desde dentro” para derrocar el bipartidismo y sus consecuencias. Falso. El sistema fagocita esos movimientos y los adocena. Muerta la movilización, muerto el problema.

Nosotras creemos en la participación ciudadana, ciegamente. Pero en el contexto en el que estamos viviéndola no es más que un espejismo de lo que debería ser. Formación e información serán necesarias para llevar a buen puerto la nueva política española. Y no olvidar que ese sistema, al que de una manera pretendidamente pragmática algunos quieren acceder, es el germen de todos los males, de esos ocho pecados capitales. La calle, el sindicalismo, la lucha feminista, el movimiento anticapitalista, el anarquismo y tantos otros sectores que se mantienen aun hoy al margen de lo establecido, deben seguir en peleando, y nosotras con ellos.

 

CRÉDITOS:

Fotografía: Mariette Guth "Amiante"
Modelo: Mariette Guth "Amiante"
Diseño: Miguel Lluva 
 Autor: Grupo Akerra

 

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Un pensamiento en “Los ocho pecados capitales

  1. Un análisis originalísimo. No sólo deberían leerlo politicuchos y politicuchas. La curia también podría extraer conclusiones.

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